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lunes, octubre 26, 2026
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Lula ganó. Ahora la izquierda tiene que aprender a vivir sin Lula

Lo Que No Hacen Los Buenos 

 

  • La victoria de la izquierda brasileña merece celebrarse. Pero después de cuatro triunfos presidenciales, la pregunta verdaderamente democrática ya no es cuánto tiempo más puede gobernar Lula, sino qué quedará cuando él ya no esté.

POR EFRAÍN DELGADILLO MEJÍA

Me alegró la victoria de Luiz Inácio Lula da Silva. Hace años tuve la oportunidad de conocerlo personalmente, y quizá por eso observo este momento con una mezcla de admiración y preocupación. Lula pertenece a esa excepcional clase de dirigentes cuya biografía acaba mezclándose con la historia de su país. Pasó del sindicalismo a la construcción del Partido de los Trabajadores y de ahí a convertirse en una de las figuras políticas más importantes de América Latina. Su triunfo tiene, además, un significado continental: en una región donde las derechas han recuperado terreno, Brasil seguirá representando un poderoso contrapeso político.

Pero uno puede celebrar una victoria sin renunciar al pensamiento crítico. De hecho, debería ser precisamente al revés: cuando ganan aquellos con quienes simpatizamos es cuando mayor obligación tenemos de hacer las preguntas incómodas. Lula acaba de conseguir su cuarta elección presidencial y, cuando termine este nuevo mandato, habrá acumulado 16 años al frente de Brasil. Y ahí comienza la pregunta que la izquierda latinoamericana lleva demasiado tiempo posponiendo: ¿puede considerarse verdaderamente fuerte un movimiento que, después de décadas en el poder, sigue dependiendo de un solo hombre para ganar?

El caudillo no fortalece a la izquierda: la debilita

Existe una idea profundamente arraigada en nuestra cultura política según la cual un gran liderazgo es sinónimo de un movimiento fuerte. Puede ocurrir exactamente lo contrario. Cuando un partido concentra durante demasiado tiempo sus esperanzas, su identidad electoral, sus decisiones y hasta su posibilidad de victoria en una sola personalidad, gana un líder extraordinariamente poderoso, pero construye una organización extraordinariamente vulnerable. Un partido que no sabe ganar sin su fundador no ha construido una hegemonía: ha construido una dependencia.

Ese es el problema que Brasil tendrá que enfrentar después de esta victoria. Durante más de cuatro décadas, Lula ha sido el referente dominante de la izquierda brasileña y el Partido de los Trabajadores no ha conseguido demostrar todavía que su potencia electoral puede emanciparse por completo de la figura de su fundador. La paradoja es formidable: una organización nacida para abrir espacios de poder a quienes estaban fuera de él debe demostrar ahora que también puede abrir sus propias puertas generacionales. La izquierda no nació para reemplazar las élites económicas por élites políticas eternas.

La enfermedad de los imprescindibles

América Latina conoce demasiado bien el fenómeno. El problema aparece tanto en la derecha como en la izquierda y casi siempre comienza de manera comprensible. Surge un líder carismático, gana elecciones, organiza un movimiento disperso, enfrenta adversarios poderosos y construye una relación emocional profunda con una parte de la sociedad. Sus seguidores descubren entonces que nadie posee su autoridad, su capacidad electoral o su conexión popular. Y aquella virtud empieza lentamente a transformarse en problema: cada elección necesita nuevamente al fundador, cada crisis reclama otra vez su presencia y cada posible sucesor parece demasiado pequeño porque ha tenido que crecer debajo de una figura demasiado grande.

Es ahí donde el carisma comienza a cobrar intereses. El problema de los caudillos no es solamente que acumulen demasiado poder. Es que, consciente o inconscientemente, dejan demasiado poco poder político detrás de ellos. Por eso el debate sobre Lula no debería reducirse a si tenía derecho a presentarse nuevamente. Lo tenía y los brasileños volvieron a elegirlo democráticamente. La discusión interesante empieza donde termina la discusión jurídica: una democracia no sólo debe preguntarse cuánto poder permite acumular la ley, sino qué clase de instituciones estamos construyendo alrededor de quienes lo ejercen.

Nadie debería ser indispensable

Esta es quizá una de las conversaciones que más trabajo cuesta mantener dentro de la izquierda latinoamericana porque implica examinar a nuestros propios dirigentes con los mismos criterios que utilizamos para juzgar a nuestros adversarios. Resulta sencillo denunciar el personalismo cuando pertenece a la derecha. Mucho más difícil es reconocerlo cuando quien concentra el poder comparte nuestras causas, nuestra historia o nuestras aspiraciones. Pero la democracia pierde su sentido si nuestras convicciones cambian dependiendo de quién gobierne. La izquierda no puede exigir instituciones cuando pierde y pedir excepciones cuando gana.

Tampoco debería confundirse continuidad política con continuidad personal. Un proyecto puede sobrevivir a su fundador, una política pública puede continuar bajo otros dirigentes y una idea puede atravesar generaciones. Precisamente esa debería ser la ambición de cualquier movimiento político serio. El punto no es descubrir a quién bendecirá Lula como sucesor. Ese enfoque reproduce exactamente el problema. Una democracia no necesita herederos. Necesita alternativas.

La responsabilidad de un gran dirigente no consiste en escoger a quien ocupará su silla. Consiste en crear un sistema donde muchas personas tengan la oportunidad de disputarla. Significa permitir la competencia interna, tolerar las diferencias, entregar responsabilidades reales y aceptar algo especialmente complicado para los dirigentes carismáticos: que aparezcan otras voces capaces de generar lealtades propias. Porque formar cuadros no significa fabricar obediencia. Significa producir autonomía.

La izquierda necesita instituciones, no altares

Hay una diferencia radical entre construir liderazgo y construir culto a la personalidad. El primero multiplica capacidades; el segundo las concentra. El primero prepara el futuro; el segundo lo aplaza. El primero acepta dirigentes con pensamiento propio; el segundo sólo admite sucesores mientras continúen orbitando alrededor del fundador. Esta discusión va mucho más allá de Brasil. La izquierda latinoamericana debería comprender que su principal fortaleza no puede descansar en la longevidad de sus dirigentes. Si realmente aspira a representar transformación, movilidad social y democratización del poder, tiene que comenzar democratizando también sus propias estructuras.

La contradicción es difícil de ignorar: si la izquierda combate la concentración de la riqueza, también debería combatir la concentración del poder. No podemos argumentar que una economía es injusta cuando unas cuantas personas controlan demasiado y considerar saludable que una organización política dependa durante décadas de una sola personalidad. El poder también necesita distribución.

La última gran obra de Lula

Lula ya no necesita demostrar que puede ganar elecciones, regresar de la adversidad política o conectar con una parte considerable del pueblo brasileño. Su lugar dentro de la historia política de Brasil está asegurado. Precisamente por eso su cuarto Gobierno podría tener una misión distinta: no construir más lulismo, sino construir el Brasil político que existirá después de Lula.

Eso exige algo más difícil que ganar una elección: ceder protagonismo, abrir espacios, impulsar nuevos cuadros, aceptar liderazgos que no sean reproducciones del suyo y comprender que el mejor sucesor democrático es aquel que no necesita presentarse ante la sociedad diciendo que fue elegido por su antecesor. La última gran victoria de Lula no debería ser conseguir que Brasil vuelva a elegirlo. Eso ya ocurrió. Debería ser conseguir que la izquierda brasileña nunca vuelva a necesitarlo para poder ganar.

Saber irse

Celebro la victoria de Lula y celebro que Brasil haya decidido su futuro mediante las urnas. Pero un resultado electoral no convierte al vencedor en propietario del país ni de su futuro. Para alguien que ha dedicado buena parte de su vida a conquistar el poder, quizá la última prueba sea aprender a desprenderse de él. Hay políticos que quieren permanecer hasta el final porque temen que su obra desaparezca cuando ellos se marchen. Los estadistas deberían aspirar exactamente a lo contrario: construir algo suficientemente sólido para que su ausencia deje de ser una amenaza.

Un líder verdaderamente grande no es aquel sin el cual todos se sienten perdidos. Es aquel que consigue que nadie sea indispensable, ni siquiera él. Esa es la discusión que debería abrir la victoria brasileña para toda América Latina. Una izquierda democrática no puede depender eternamente de sus grandes hombres, por admirables que hayan sido. Porque cuando una organización sólo encuentra seguridad en su caudillo no está demostrando fortaleza. Está confesando su debilidad.

Sigo creyendo en una izquierda capaz de combatir la desigualdad, defender a los trabajadores, ampliar derechos y enfrentar democráticamente el avance de las derechas. Pero también en una izquierda capaz de poner límites a sus propios dirigentes. Izquierda, sí. Justicia social, siempre. Pero democracia, primero. Sobre todo cuando gobiernan los nuestros.

Y quizá la sentencia más dura sea también la más sencilla: cuando un partido necesita eternamente de un hombre para sobrevivir, el hombre puede haberse vuelto enorme, pero el partido se ha vuelto pequeño. La democracia comienza a madurar justamente cuando consigue demostrar lo contrario.