Hay talentos que requieren años de estudio, disciplina y esfuerzo. Convertir una ceremonia inaugural de talla mundial en una kermés desangelada no suele ser uno de ellos.
México tenía una oportunidad irrepetible para mostrar al planeta la profundidad de su cultura, su creatividad y su enorme riqueza artística. En su lugar, ofrecieron carrito de cartón, números musicales sin fuerza, playback evidente y una producción con el entusiasmo de una junta de condóminos en lunes por la mañana.
Resulta fascinante cómo algunos gobiernos logran gastar como si estuvieran construyendo Versalles y entregar resultados que recuerdan a un festival escolar organizado la noche anterior.
Lo más prudente fue que la presidenta no asistiera. A veces la ausencia es una forma de intuición política. Habría sido difícil explicar por qué un país capaz de producir maravillas culturales terminó presentando algo tan pequeño, tan tibio y tan olvidable.
La ceremonia no fue ofensiva por mala; fue decepcionante por mediocre. Porque cuando se tiene una de las culturas más extraordinarias del mundo y aun así se entrega un espectáculo sin alma, sin riesgo y sin imaginación, el problema no es la falta de recursos, sino la falta de visión.
Y quizá esa fue la parte más mexicana del evento: la oportunidad era enorme, el tiempo fue suficiente, el presupuesto seguramente generoso… y aun así todo terminó sintiéndose improvisado, incompleto y hecho al cuarto para la hora.
Una inauguración para el olvido. Justo lo contrario de lo que debía ser.




