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lunes, septiembre 7, 2026
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Claudia Sheinbaum y el costo de gobernar un movimiento que ya no obedece solo a Palacio

Lo Que No Hacen Los Buenos 

 

Efraín Delgadillo Mejía

En la política mexicana, el poder rara vez se rompe de golpe. Primero cruje. Luego aprende a hablar en voz baja. Y cuando la unidad se vuelve consigna, aparece la pregunta que ningún gobierno puede aplazar demasiado tiempo: si gobierna la presidenta o si gobierna, por encima de ella, el movimiento que la hizo presidenta.

Claudia Sheinbaum llegó a la Presidencia con una legitimidad electoral difícil de discutir, pero también con una herencia política que no cabe completa en Palacio Nacional. Morena prometió barrer con el viejo régimen; hoy enfrenta una prueba más incómoda: demostrar que puede gobernarse a sí mismo. El dilema de Sheinbaum no es si puede ganar elecciones. Es si puede impedir que su propio partido le administre el sexenio.

Las tensiones alrededor de figuras regionales bajo escrutinio, los forcejeos por candidaturas y la sombra de operadores que se mueven entre la lealtad familiar, la disciplina partidista y los intereses locales han convertido una disputa interna en un problema de Estado. Lo que parecía una maquinaria imbatible empieza a parecerse a una coalición de deudas, favores y amenazas. Morena puede conservar la mayoría en las urnas y, al mismo tiempo, perder autoridad frente a sus propias contradicciones.

El riesgo no es sólo político: es institucional. Si la Presidencia permite que la lógica del partido se imponga sobre la lógica del Estado, cada crisis local dejará de ser un expediente regional y se convertirá en una grieta nacional. La captura institucional desde adentro suele empezar así: con operadores que confunden lealtad con impunidad y con gobiernos locales que dejan de ser plataformas de transformación para volverse talones de Aquiles. Cuando la lealtad pesa más que la ley, el movimiento deja de transformar y empieza a protegerse a sí mismo.

Sheinbaum aún dispone de una ventana de oportunidad, pero esa ventana no permanecerá abierta por cortesía histórica. Puede administrar equilibrios o construir autoridad. Puede preservar la paz interna del movimiento o recordar que el mandato constitucional no se delega en corrientes, clanes ni intermediarios. La soberanía no se defiende sólo con discursos; se defiende con instituciones creíbles. Si México no ordena su casa con justicia, otros intentarán hacerlo con presión.

Morena necesita filtros de elegibilidad reales: estándares verificables de ética, fiscalización y probidad para candidaturas y cargos públicos. Nadie con señalamientos graves, investigaciones abiertas o vínculos con economías criminales debería recibir cobertura política. Depurar no es traicionar al movimiento; es salvar al Estado de sus peores acompañantes. La política de consignas puede ganar mítines, pero no sustituye la certeza jurídica que exige la inversión, el T-MEC y una economía integrada a cadenas globales. Un país no puede pedir confianza al mundo mientras tolera incertidumbre en casa.

En los estados donde la autoridad ha sido capturada por pactos locales, la respuesta no puede ser negociación cupular ni silencio táctico. Deben fortalecerse fiscalías, controles federales y reglas internas capaces de impedir que el aparato público incline procesos partidistas. La ley no puede pedir permiso a los cacicazgos.

El llamado de Claudia Sheinbaum a la austeridad, la prudencia y la humildad no puede quedar como frase ceremonial pronunciada desde Palacio Nacional. Debe convertirse en una regla política con consecuencias. Si los gobernadores de Morena oyen ese mensaje como ornamento y no como mandato ético, la austeridad será apenas escenografía para encubrir excesos. La austeridad sin sanción es propaganda; la prudencia sin límites es complicidad elegante. Una presidenta que llama a la mesura mientras cuadros locales actúan como dueños de plazas políticas enfrenta una contradicción capaz de erosionar la autoridad moral del movimiento. El pueblo no votó por nuevos virreinatos con lenguaje de transformación.

En Tlaxcala, la gobernadora debe entender que el proceso de selección de candidaturas de Morena no le pertenece: pertenece a la militancia, a la ciudadanía y a la legalidad interna del partido. Cualquier intento de inclinar la cancha, bendecir favoritos, castigar disidencias o convertir el aparato público en maquinaria de sucesión traicionaría el llamado presidencial de prudencia. Quien usa el gobierno para imponer candidatos no construye liderazgo: administra miedo. Morena no puede predicar democracia hacia afuera y practicar dedazo hacia adentro. Si la 4T quiere llegar limpia al próximo proceso electoral, Tlaxcala debe ser advertencia, no laboratorio de imposición. La transformación se mide cuando el poder renuncia a meter la mano donde debe decidir el pueblo.

El caso de Mara Lezama, en Quintana Roo, resulta particularmente incómodo para el discurso presidencial porque exhibe la distancia entre predicar austeridad republicana y gobernar bajo señalamientos de privilegio. Investigaciones periodísticas han señalado vuelos privados, traslados al extranjero y aeronaves vinculadas con empresas relacionadas con contratistas del gobierno estatal. La gobernadora ha negado que se haya usado dinero público. Pero en política la explicación no termina en decir que el erario no pagó la factura: también importa quién abre la puerta, quién obtiene acceso y qué intereses quedan demasiado cerca del poder.

Mara Lezama no es sólo un expediente local: es una prueba incómoda para el llamado de Claudia Sheinbaum. La austeridad no se predica desde un jet privado; se demuestra renunciando a los privilegios que separan al poder del pueblo. Si Morena tolera que sus gobernantes vuelen por encima de la medianía que exige a los demás, la 4T corre el riesgo de parecerse a aquello que juró combatir: una clase política que habla en nombre de los pobres mientras viaja con los códigos de los poderosos.

El país necesita menos obediencia ornamental y más capacidad técnica. Secretarios, legisladores, gobernadores y operadores deben responder primero a la Constitución, al desempeño público y a la legalidad, no a capillas políticas ni a nostalgias de facción. La mejor defensa frente al intervencionismo no es la épica nacionalista, sino una justicia mexicana capaz de actuar antes que los expedientes extranjeros. La soberanía empieza cuando el Estado se atreve a investigarse a sí mismo.

La historia rara vez concede segundas oportunidades a quienes confunden disciplina con obediencia. Sheinbaum puede convertirse en la presidenta que modernizó el movimiento que heredó, o en la administradora de sus escombros. La diferencia dependerá de una decisión sencilla de nombrar y difícil de ejecutar: poner al Estado por encima del partido.

Para novedades, los clásicos: Cicerón advertía que somos esclavos de las leyes para poder ser libres. En una república seria, la ley no humilla al poder: lo civiliza. Esa será la vara que medirá este sexenio: no cuánta obediencia produzca el movimiento, sino cuánta legalidad sea capaz de imponerse a sí mismo.

Gobernar no es conservar intacta una familia política; gobernar es impedir que esa familia capture la República. Ese será el examen central. No lo aplicarán los adversarios, ni los editorialistas, ni los mercados. Lo aplicará la realidad: la violencia, los tribunales, la economía y una ciudadanía que ya distingue entre ganar el poder y ejercerlo con responsabilidad.

La lealtad que protege la impunidad deja de ser política: se vuelve complicidad. Morena ganó el poder; ahora debe demostrar que no será devorado por él.