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martes, julio 28, 2026
Inicio Efraín Delgadillo Mejía El alcalde y la tentación de quedarse

El alcalde y la tentación de quedarse

La reelección municipal promete continuidad. Pero cuando se ejerce desde el presupuesto, la nómina y la propaganda oficial, deja de ser una segunda oportunidad: se vuelve una forma de permanencia con cargo al erario.

La pregunta no es si un alcalde puede pedir más tiempo. La pregunta es qué tanto de los recursos de la ciudad se lleva consigo cuando lo pide.

Hay poderes que no necesitan levantar la voz. Se anuncian con una lona recién colgada, con una patrulla limpia para la fotografía, con una transmisión oficial al mediodía, con una obra pública inaugurada justo cuando el calendario electoral empieza a respirar en la nuca del municipio.

Toda democracia necesita saber cuándo termina un mandato. También necesita saber cuándo empieza una campaña.

La reelección se defiende con una promesa impecable: permitir que el ciudadano premie al buen gobierno y castigue al malo. Pero la política municipal no ocurre en una mesa limpia. Ocurre donde la lámpara, la beca, la calle, el permiso y el contrato tienen memoria.

En ese terreno, un alcalde no es simplemente un candidato conocido. Es el administrador cotidiano de la vida pública. Sabe dónde duele la ciudad, pero también sabe dónde necesita aparecer.

Ahí empieza la distorsión: la rendición de cuentas se confunde con ventaja institucional; la continuidad se parece demasiado a la captura. La boleta conserva la apariencia de competencia, pero uno de los corredores llega con la pista iluminada por el erario.

Un alcalde en funciones no empieza desde la misma línea de salida. Empieza con micrófono, oficina, nómina, boletines, agenda, vehículos, inauguraciones, estructura territorial y una presencia diaria que los demás sólo pueden comprar, pedir o rogar.

Los demás buscan atención. Él la distribuye. Los demás instalan mensajes. Él puede convertir cada acto de gobierno en relato de permanencia. Los demás hacen campaña. Él puede llamar trabajo a su campaña.

“Los demás hacen campaña. Él puede llamar trabajo a su campaña.”

La desigualdad antes del voto

La elección se inclina mucho antes de que alguien marque una boleta. Se inclina cuando la autoridad aprende a envolver la propaganda en el papel respetable del servicio público.

Cuando los informes se multiplican, las inauguraciones se vuelven ceremonias de autopromoción y la comunicación social deja de informar para insinuar gratitud, la frontera entre gobernar y promoverse se borra con precisión burocrática.

El presupuesto como lenguaje

El dinero público habla. La pregunta es si habla por la ciudad o por quien quiere conservarla.

El dinero público debería hablar con sobriedad: alumbrado, seguridad, agua, calles, servicios. Cuando habla en clave electoral, cada peso adquiere una segunda intención.

“Cuando el dinero público habla en clave electoral, cada peso adquiere una segunda intención.”

Entonces la ciudadanía paga dos veces: primero para que el gobierno funcione, después para que el gobernante parezca indispensable.

No hay democracia sana cuando el patrimonio de todos se vuelve atmósfera favorable para uno.

La pregunta no es si un alcalde puede aspirar a otro periodo. La pregunta es si debe aspirar desde las ventajas materiales, simbólicas y burocráticas que le da el cargo.

La presidenta Claudia Sheinbaum ha defendido públicamente el principio de la no reelección. En el aniversario de la Constitución de 1917 anunció reformas constitucionales para prohibirla en cargos de elección popular y retomó la vieja consigna revolucionaria: “Sufragio efectivo, no reelección”.

Esa posición no debería quedarse en la solemnidad de una ceremonia ni en la arquitectura de una reforma futura. Su fuerza moral depende de aplicarla donde la tentación de permanecer se disfraza mejor de cercanía, eficiencia y continuidad.

Si la no reelección es una convicción y no sólo una bandera, entonces debe empezar por el municipio: el lugar donde el poder público se vuelve más próximo, más visible y, precisamente por eso, más capaz de confundirse con una maquinaria personal.

La prueba de la congruencia

La prueba verdadera de una fuerza política no llega cuando denuncia los excesos del adversario. Llega cuando decide limitar sus propias ventajas. Allí se separa la convicción del cálculo.

Toda fuerza política afirma hablar por el pueblo. Pero hablar por el pueblo es fácil; aceptar que el pueblo puede retirar el poder es la parte difícil.

La democracia no es devoción por los gobernantes. Es desconfianza organizada frente a la permanencia. Es la certeza de que ningún cargo se hereda, se posee o se prolonga por costumbre.

“La democracia no es devoción por los gobernantes. Es desconfianza organizada frente a la permanencia.”

Las sociedades libres no necesitan políticos indispensables. Necesitan instituciones suficientemente fuertes para recordarles a todos que el poder es un préstamo con vencimiento.

Lo grave no es la ambición. Lo grave es el sistema que permite convertir presupuesto en blindaje político, comunicación oficial en promoción personalizada y recursos públicos en cancha inclinada.

El vencimiento del poder

Cuando la autoridad compite desde la autoridad, el ciudadano ya no enfrenta a un candidato: enfrenta al aparato. Y una república que permite al aparato pedir votos empieza a parecerse a otra cosa.

“Cuando la autoridad compite desde la autoridad, el ciudadano ya no enfrenta a un candidato: enfrenta al aparato de estado, al gobierno”

Para novedades, los clásicos: “El poder también caduca”.

Por eso existen límites. No porque toda persona abuse del poder, sino porque ninguna democracia inteligente descansa en la buena voluntad de quienes lo ejercen.

Descansa en reglas. Descansa en controles. Descansa en principios.

El gobierno no fue creado para producir reelecciones. Fue creado para servir ciudadanos. Cuando un alcalde convierte el cargo en trampolín electoral, no pide continuidad: pide que la ciudad confunda servicio con pertenencia.

El poder no pertenece a quien lo ocupa. Pertenece a la gente que lo presta con esperanza, con enojo, con memoria. Por eso la reelección municipal inmediata no debe entrar por la puerta de la costumbre; debe detenerse frente a la dignidad de cada ciudadano. Porque cuando un gobierno usa la ciudad para quedarse, la ciudad empieza a perderse a sí misma.

 

Morena tiene dos caminos.

Puede convertirse, como en un poema de Efraín Huerta, en aquello que juró destruir: un partido que usa el poder para quedarse en el poder.

O puede demostrar que el cambio verdadero también consiste en saber retirarse a tiempo. La decisión es simple: sin reelección inmediata de alcaldes. No porque la ley lo exija, sino porque la democracia no se defiende con discursos. Se defiende soltando el poder antes de que el poder los devore.