Lo Que No Hacen Los Buenos
Por Efraín Delgadillo Mejía
Hay un patrón que ya resulta difícil disimular. La presidenta Claudia Sheinbaum habla de austeridad; algunos de sus funcionarios se comportan como si el mensaje hubiera sido dirigido a otra audiencia. No es una impresión aislada, sino una secuencia que se repite con una regularidad inquietante: ella exhorta, ellos continúan, y después llega la aclaración de que el llamado «no era para nadie en particular». Orden, silencio, desobediencia, aclaración: esa secuencia es hoy uno de los termómetros más precisos del poder presidencial dentro de su propio movimiento.
La cronología dice más que cualquier adjetivo. El 1 de septiembre, durante su Segundo Informe de Gobierno, Sheinbaum pidió a los servidores públicos conducirse «con sencillez y humildad, sin privilegios». Veinticuatro horas después aclaró, ante una pregunta directa, que el mensaje no iba dirigido específicamente a Morena, sino «a todas y a todos, de todos los partidos». La precisión buscó ampliar el destinatario, pero también reveló la incomodidad inmediata que produjo el llamado dentro de casa. Cuando una presidenta debe explicar que no hablaba de los suyos, suele ser porque los suyos ya entendieron que sí.
Días más tarde, en Quintana Roo, la presidenta volvió sobre el asunto y apeló a los Sentimientos de la Nación de Morelos: «hay que moderar la indigencia y la opulencia». Fue la única referencia a la austeridad en un discurso de cuarenta y cinco minutos, pronunciado junto a la gobernadora Mara Lezama, cuestionada por vuelos que aseguró haber pagado «con recursos personales». Sheinbaum no anunció una investigación ni exigió una explicación adicional; dijo que «tiene que comprobarse» y que «a cada quien lo evalúa el pueblo». Ante una conducta bajo escrutinio, la autoridad trasladó el juicio a la opinión pública. La pregunta no es solo si puede exigir cuentas, sino por qué elige no hacerlo.
El 8 de septiembre, el mensaje alcanzó también a la Suprema Corte: «todavía le podrían bajar un poquito» a sus gastos, dijo la presidenta. Ministros, gobernadores y legisladores parecen compartir una conclusión práctica: escuchar no implica obedecer. El analista Ernesto Núñez lo resumió en una frase incómoda para Palacio Nacional: «de pronto da la impresión de que la única austera es Claudia Sheinbaum». Aviones privados, camionetas, restaurantes y hoteles de lujo no aparecen ya como excepciones, sino como parte del paisaje cotidiano de una franja de la Cuarta Transformación. No es un exceso aislado. Es un paisaje.
A Sheinbaum no le faltan palabras para pedir austeridad; le faltan consecuencias capaces de respaldarlas. Hasta ahora, ningún gobernador ha perdido el cargo por exhibir lujos y ningún legislador ha quedado fuera por contradecir, en sus redes sociales, lo que la presidenta defiende en la mañanera. La «justa medianía» corre el riesgo de convertirse en una consigna optativa: cada quien la interpreta —o la descarta— según su conveniencia.
Para novedades, los clásicos: Séneca advertía que «no es pobre el que tiene poco, sino el que codicia más». Pero hay algo más corrosivo que la codicia individual: la codicia protegida por el silencio institucional. Mientras no exista una consecuencia visible —una candidatura negada, una sanción interna, un veto efectivo—, cada nuevo llamado a la austeridad será recibido como los anteriores: con asentimiento frente a las cámaras y una vida sin cambios cuando estas se apagan. La austeridad sin consecuencias es apenas escenografía.
Como toda persona con poder de decisión, Sheinbaum tiene cuadros de confianza, aliados y compañeros de trayectoria a quienes considera idóneos para competir por una gubernatura de Morena. No hay nada excepcional en ello: la política se construye con lealtades. La paradoja aparece cuando ni el ejemplo personal de la presidenta ni su cercanía con esos perfiles contienen los excesos. Gobernadores, alcaldes y estructuras partidistas han sido señalados por utilizar recursos públicos de formas que desafían no solo la ley, sino una norma más elemental: la decencia. Con cada episodio no se erosiona únicamente el prestigio de quien incurre en él, sino también el de quien lo promovió, lo respaldó o guardó silencio. El diagnóstico trasciende cualquier caso individual: el movimiento ha comenzado a comportarse como si no respondiera ante nadie, ni siquiera ante quien formalmente lo encabeza. Un partido que ya se manda solo.
Por eso, la salida ya no puede ser otra exhortación. Morena conserva un instrumento para demostrar que la palabra presidencial todavía tiene peso: la boleta. Negar una candidatura, imponer una sanción o retirar el respaldo a quien contradice con sus actos la austeridad que proclama el movimiento no sería una purga; sería una definición de poder. Si nada de eso ocurre, Sheinbaum seguirá pronunciando el discurso y los suyos seguirán calculando que desobedecer no cuesta nada.
Un liderazgo sin consecuencias es solo una voz en el micrófono. La prueba ya no es si Morena escucha a su presidenta, sino si ella está dispuesta a hacerse obedecer. Porque cuando el partido aprende que puede ignorar a quien gobierna, la presidenta habla, pero el poder ya está en otra parte.


