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BARRIO UNIVERSITARIO, EL LUGAR DONDE APRENDIMOS QUÉ SIGNIFICA SER ESTUDIANTE

  • El ataque de la policía contra jóvenes registrado el 23 de mayo de 1929 abrió camino para que la UNAM obtuviera su autonomía e hizo que, en esa fecha, México conmemore el Día del Estudiante, en recuerdo a las juventudes en disidencia

Con información de la UNAM.

Del Barrio Universitario se habla como se habla de un recuerdo: con el regusto agridulce que dejan los tiempos idos y con la nostalgia que provocan las ausencias que dieron forma a nuestro presente. Y es que ese lugar, además de ser donde la UNAM dio sus primeros pasos, fue el sitio en el que miles de jóvenes, además de tomar clases, adquirieron el pensamiento crítico y conciencia social sin los cuales sería difícil entender todo aquello que significa, en los días que corren, el ser estudiante.

“Con ese nombre nos referimos a estas cuadras del Centro Histórico en las que se alojaban los distintos edificios que conformaban la Universidad, y aunque podemos decir que antes ahí hubo un barrio estudiantil muy distinto (ligado a la que en el siglo XVI fuera la Universidad Real de México), el que nos atañe es aquel surgido con la fundación de la Universidad Nacional de México, el 22 de septiembre de 1910”, señala Claudia de la Garza, directora del Museo UNAM Hoy.

Para la también escritora es preciso hacer una pausa y reflexionar sobre las implicaciones de esa fecha, pues si reparamos en ella nos daremos cuenta de que dicha comunidad comenzó a formarse justo cuando estalló la Revolución, movimiento que impactó en miles de universitarios que, al ver que todo se transformaba en su derredor, cayeron en cuenta de que ellos también, si se organizaban, podían ser una fuerza renovadora.

Por lo mismo no extraña que para 1929 hubiera miles de alumnos empeñados en transformar sus centros de estudios ni que, con consignas como “¡reforma universitaria!” o “¡pedimos maestros revolucionarios y no políticos de ocasión!”, amagaran con iniciar una huelga. La situación, tensa desde un principio, escaló a tal grado que el 23 de mayo el cuerpo de policía del Distrito Federal agredió a cientos de jóvenes que se manifestaban en pleno corazón del Barrio Universitario.

Las repercusiones de la violencia policial fueron tales que el presidente Emilio Portes Gil se vio forzado a intervenir y a otorgarle la autonomía a la Universidad Nacional, pero no sólo eso, pues al poco tiempo la explanada de Santo Domingo cambió su nombre a Plaza 23 de Mayo (algo que suele olvidar la memoria colectiva) y se acordó que, en nuestro país, se conmemoraría en esa fecha el Día del Estudiante.

Explicaba Octavio Paz en una charla en El Colegio Nacional (el 20 de marzo de 1975) que los versos de su Nocturno de San Ildefonso buscaban ser un retrato de su vida en el Barrio Universitario, en cuyas calles adquirió una forma de ver el mundo mucho más comprometida. El poema —detallaba— habla del “México de mis años de estudiante por este rumbo de la ciudad: de nuestras caminatas y conversaciones nocturnas en las que mezclábamos los personajes reales con los literarios (…), se refiere a nuestras ilusiones políticas y sociales”.

El ejemplo de esos universitarios sentaría un precedente para las generaciones venideras, como aquella que en 1971 marchó contra el autoritarismo y fue violentada por los llamados “halcones” (grupo paramilitar financiado por el Departamento del Distrito Federal), justo en el año en que Mercedes Sosa popularizaba aquella canción de Violeta Parra que iniciaba con la frase: “Que vivan los estudiantes, jardín de nuestra alegría,/ son aves que no se asustan de animal ni policía”.

Otra forma de habitar la academia

Y si bien la población de jóvenes que conformaban aquel barrio estudiantil podía ser solemne, preocupada y socialmente comprometida —como señalan los investigadores Carlos Martínez Assad y Alicia Ziccardi en el libro El Barrio Universitario en el proceso de institucionalización de la UNAM—, también podía ser una comunidad por momentos alegre y divertida que organizaba atractivos desfiles, novatadas o bailes”.

Esta última faceta interesa en especial a la directora del Museo UNAM Hoy, Claudia de la Garza, quien argumenta que, si quisiéramos captar la esencia de este sitio, sería preciso elaborar una “cartografía sentimental” del Centro Histórico a lo largo de la primera mitad del siglo XX, “porque el barrio no era sólo aquel conjunto de escuelas, sino la vida que giraba en torno a ellas: los cafés, las cantinas, los billares, las librerías y esa efervescencia de estudiantes que se percibía por aquí y por allá”.

Consideremos ­—añade la escritora— que todos estos centros de estudio estaban muy cerca los unos de los otros y, por lo mismo, era muy fácil que personas de distinta formación coincidieran y que ello diera pie a intercambios intelectuales que marcarían la vida de México (como las célebres charlas que sostenía el aún bachiller Octavio Paz con el químico y poeta Jorge Cuesta), o que grupos de distintas facultades se organizaran para “matar clases” viendo King Kong (1933), El Mago de Oz (1939) o cualquiera que fuere el último estreno cinematográfico.

El crítico de filmes Jorge Ayala Blanco recuerda con especial cariño sus escapadas al Cine Goya, una sala que “no era la única, pero sí la que programaba lo que más les gustaba a los muchachos de la época. Por eso el grito ¡vamos al Cine Goya!”, que daría lugar, añade por su parte Claudia de la Garza, “a aquella porra que, con su cachún, cachún, confiere identidad a nuestra Universidad Nacional Autónoma de México”.

A manera de retrato hablado de lo que fue el Barrio Universitario, el cineasta Juan Bustillo Oro (director de la cinta Ahí está el detalle, de Cantinflas) alguna vez dijo: “No era un recinto egoísta reservado sólo a los estudios, sino un poblado viviente, lleno de hogares, comercios y talleres, en los que los estudiantes hallaban refugio, amores y amistades”.

Sin embargo, todo aquello se fue diluyendo a partir de 1953, cuando la Universidad comenzó con su “mudanza histórica” a CU y, lo que alguna vez fueron calles bullentes de juventud, poco a poco se pintaron de gris y se llenaron de bodegas, comercio informal y mercancía de contrabando. No obstante, los ecos de aquel Barrio Universitario aún son perceptibles —para quien está dispuesto a escucharlos— cada que un grupo de estudiantes clama por un mundo mejor y está dispuesto a dar pelea por él, o cada que la UNAM no puede contener sus ganas de celebrar y estalla en un sonoro y espontáneo ¡goya!