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lunes, junio 15, 2026
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El poder sin multitud

LO QUE NO HACEN LOS BUENOS

 

Por: Efraín Delgadillo Mejía

 

Gobernar no es solamente comunicar; es exponerse. El poder que solo admite aplausos acaba temiendo a la realidad.

Claudia Sheinbaum no faltó a una ceremonia: evitó una prueba. No ir a la inauguración del Mundial 2026 fue una decisión política. Un estadio todavía conserva algo que el poder odia: una reacción imposible de editar en los videos.  En una época de mensajes calibrados, de transmisiones propias y de cercanía administrada, exponerse a la multitud se convirtió en un riesgo. Cuando un gobierno empieza a temerle al público, ya ha empezado a vaciar la democracia.

La ausencia importó porque rompió con una tradición visible: sí hubo presidentes mexicanos en las inauguraciones de 1970 y 1986. Esta vez, la presidenta prefirió seguir la jornada desde el Deportivo Hermanos Galeana, lejos del estadio y lejos del único escenario del día donde la respuesta ciudadana no estaba bajo control.

En esa decisión hay una lógica evidente. El estadio, como antes la plaza pública y las plazas de toros, sigue siendo uno de los pocos lugares donde la política se cruza con algo que no puede controlar del todo: el ruido, el rechazo, la burla, el entusiasmo genuino, la desaprobación directa. En una época de conferencias cuidadosamente escenografiadas y mensajes diseñados para circular sin fricción, ese tipo de contacto aparece menos como un deber democrático que como un riesgo innecesario.

Esa transformación no es exclusiva de México, pero aquí se manifiesta con nitidez. La política actual recompensa a los gobiernos que saben manejar la narrativa, administrar la imagen y reducir al mínimo los espacios de fricción real. Gobernar ya no es solo gobernar. Es curar la escena: elegir el encuadre, fijar el mensaje, neutralizar el ruido. Bajo esa lógica, el pueblo deja de ser soberano y se convierte en amenaza. El poder que solo aparece cuando controla el libreto deja de gobernar: empieza a administrarse.

Pero la política democrática pierde algo cuando el cálculo reemplaza de manera sistemática a la exposición. No porque el gobernante tenga que someterse a cada gesto multitudinario, ni porque la autenticidad dependa de aparecer en todos los rituales nacionales, sino porque hay momentos en los que el poder debería aceptar la posibilidad de no ser recibido con obediencia escénica. La legitimidad también está hecha de la disposición a comparecer en espacios donde la respuesta no está pactada de antemano.

El cambio también se revela en la defensa política de la ausencia. Meses atrás, Sheinbaum ya había dicho que no asistiría y que entregaría su boleto a una joven aficionada, una decisión que luego presentó como una forma de privilegiar la cercanía con la gente por encima del acceso al palco. Después de la inauguración, insistió en la misma idea: no era necesario “codearse arriba”, sino estar con la gente.

Ese argumento tiene fuerza simbólica. En un país marcado por la desigualdad y la desconfianza hacia las élites, rechazar la liturgia VIP puede leerse como una demostración de modestia republicana. También puede entenderse, con igual plausibilidad, como una forma de preservar la cercanía popular evitando el único espacio del día en el que esa proximidad no podía dirigirse por completo. Justamente porque ambas lecturas son posibles, la ausencia se volvió reveladora.

La presidenta tiene un enemigo interno: quienes le ocultan la verdad. Quienes, disfrazados de periodistas, actúan como voceros del gobierno. Hay una pregunta que el poder nunca quiere oír: ¿cuándo ha servido mentirle a la realidad?

El problema no es ella. El problema es el espejo que devuelve al poder aquello que supone que quiere escuchar. Nada daña más a un gobierno que una realidad maquillada por sus propios incondicionales. Pocas cosas pudren más al poder que la mentira vuelta sistema.

Hay una verdad política ancestral que nunca pierde vigencia. Upton Sinclair la formuló con precisión: “Es difícil hacer que un hombre entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda”. Bajo esa lógica, no sorprende que muchos columnistas, analistas y reporteros hayan renunciado al decoro. Le mienten a la presidenta por la razón más baja: conservar el acceso, el favor y el privilegio.

Lo decisivo no es el gesto, sino la época que delata. Desde Roma hasta la plaza moderna, el poder entendió durante siglos que gobernar implicaba comparecer ante la multitud, no solo para ser aclamado, sino para medir el pulso de su tiempo.

La vieja democracia entendía algo esencial: gobernar también era dejarse interpelar. La política mediática sugiere lo contrario: que el poder se conserva mejor escogiendo con cuidado dónde aparecer. Es comprensible. Pero también es una renuncia. Porque gobernar no es solo comunicar: es exponerse.