El Hijo del Camionero
“La lucha ciudadana de hoy, es por volver a los planteamientos que resultaron y no estar reciclando los fracasos de la elite”
Por: Dr. Mario Rodolfo Cid de León Carraro
Presidente de la Junta de Enlace Ciudadano, para el Análisis de Temas Económicos y Sociales de México y Nezahualcóyotl
Hoy en “El Hijo del Camionero”, se hace una reflexión un tanto profunda sobre las Escuelas del Pensamiento Económico; en alguna ocasión ya se expuso sobre el consenso de Washington y las Escuelas Austriaca y de Chicago, dando así una explicación sobre lo que es el Neoliberalismo, modelo que no solo es económico, sino político y social, el que sumió a nuestros países en una crisis de valores y que nos dejó en un profundo estado de pobreza y desigualdad.
El fracaso del Neoliberalismo, dio paso como consecuencia a un modelo alternativo que en nuestro continente se denominó “Socialismo del Siglo XXI”, modelo que excluyendo a Cuba y Venezuela, ya que están sujetos a embargos y sanciones económicas, también fracasó solo con la excepción de Brasil.
El fracaso del “Socialismo del Siglo XXI”, ha dado paso a la reinstalación del Neoliberalismo, pero ahora de una forma más agresiva, bajo la denominación de “Libertarismo”; en este contexto la Escuela Austriaca, vuelve a ser preponderante y algunos agentes de la oposición aunque ni lo entienden citan a Von Mises, sin siquiera conocer su doctrina económica y los alcances de esta, y mucho menos reconocen su estrepitoso fracaso manifiesto en 2008.
Hoy vemos a un mundo entrampado que se debate en la lucha por implementar ideas fracasadas, ello podemos verlo en Argentina, donde hacer unos años fracasó el Socialismo del Siglo XXI, dejando un saldo de deuda publica enorme y degradación de derechos sociales al no tener con que financiarlos, y hoy mismo, el fracaso del Libertarismo, que presume tener mejores resultados de finanzas públicas, pero al grado sumo de empobrecer a la gente; en todo caso, tenemos dos visiones de pasado.
Durante cincuenta años hubo progreso, bajo la administración de gobiernos responsables, que tenían muy claro las partes del proceso económico que le correspondía al estado y que otras al capital, procurando que se generara bienestar a la gente: “el estado de bienestar”, que se dio en el marco de la Escuela Keynesiana, la que encuentra vigencia en el sentido que es el centro el mejor lugar para transitar, que es la posición de la Democracia Cristiana.
Por lo anterior, resulta interesante revisar en esta ocasión el trabajo de Robert Skidelsky quien fue el principal biógrafo de John Maynard Keynes y un par vitalicio de la Cámara de los Lores del Reino Unido, quien falleció el pasado 15 de abril, sin concluir su libro “Keynes for Our Times”, trabajo que declararía como tal la vigencia de la escuela Keynesiana y su necesidad de generalizar una política económica basada en esta.
John Maynard Keynes, entendía que el futuro es esencialmente incognoscible, siendo mejor “tener una vaga razón que estar precisamente equivocado.» Esta visión transformó la economía en el siglo XX, y es solo una de sus ideas que resultan aún más relevantes en nuestros tiempos extremadamente inciertos.
“Para entender la importancia de Keynes hoy en día, volvemos a su genio original, vemos cómo la observación y la filosofía informaron sus flexibles modelos económicos y luego aplicamos sus ideas a los problemas de 2026”.
Dos compromisos filosóficos fundamentaron su economía: en la ética, la distinción entre «el bien como medio» y el «bien como fin», la existencia de una incertidumbre inexplicable; fue el estudio de la incertidumbre de Keynes lo que le llevó a dar al dinero su papel protagonista en la economía.
Keynes demostró que el dinero es un refugio psicológico que puede empujar a toda una economía al colapso cuando la gente huye hacia la seguridad del dinero en efectivo, donde este deseo de dinero era un defecto moral para él, ya crea una lucha de poder entre quienes prestan y quienes construyen, un conflicto que maestro creía definía gran parte de la historia humana.
Viendo cómo «ametralladoras y campos de concentración» surgieron del desempleo masivo durante la Gran Depresión, escribe que «puede ser posible, mediante un análisis adecuado del problema, curar la enfermedad preservando la eficiencia y la libertad.» Comprender los éxitos y fracasos del sistema posterior a la Segunda Guerra Mundial que él propició es de vital importancia hoy en día, cuando ese sistema está, posiblemente, más en constante evolución que en cualquier otro momento desde su muerte.
Un «análisis correcto» de las ideas de Keynes proporciona pistas sobre cómo abordar el comercio actual, los desequilibrios externos y las interrupciones financieras sin recurrir a herramientas de carácter violento como los aranceles globales y otros factores disruptivos del mercado y que sobre todo, afecten la vida y las prerrogativas de las personas.
Para entender el compromiso de Keynes con el ajuste de la incertidumbre, empieza por su distintiva teoría de la probabilidad. Describió la probabilidad como el grado de creencia en una conclusión justificada por la evidencia: «Siempre se puede diseñar una fórmula para que encaje moderadamente bien con un rango limitado de datos pasados», escribe. «¿Pero qué prueba esto?»
Todo empezó con un ataque al patrón oro; el problema, dijo, era que la escasez del oro creaba un sesgo deflacionario, mientras que las economías en expansión requieren una cantidad creciente de dinero. Cuando el oro escaseaba, toda la economía colapsó, como se vio en la Larga Depresión de las décadas de 1880 y 1890.
El instrumento inicial propuesto por Keynes para emancipar a las economías de sus cadenas de oro fue la Teoría Cuantitativa del Dinero. Prometía restaurar la “neutralidad» monetaria mediante una moneda elástica gestionada científicamente para satisfacer las «necesidades del comercio», pero pronto se dio cuenta de que este mecanismo no funcionaba lo suficientemente rápido.
La siguiente innovación, explicada en Tratado sobre el dinero (1930), fue considerar las implicaciones de que el dinero circulara a diferentes velocidades. Dividió los flujos monetarios en dos tipos de circulación, uno para lo que ahora se llama la economía real y otro una circulación financiera, lo que explicaba cómo los precios de los activos y el desempleo pueden aumentar simultáneamente a corto plazo, pero eso no explicaba el acaparamiento.
La Gran Depresión condujo entonces a la teoría de la preferencia por liquidez, la etapa final de la teoría del dinero de Keynes: el prestamista, con su confianza destrozada por su exposición, siga exigiendo nuevas tasas de interés empresariales que el prestatario no puede esperar alcanzar.
Un colapso de la inversión es simultáneamente una huida hacia la liquidez. El vuelo aporta valor añadido en dinero, una «prima de liquidez» que hace que los tipos de interés suban en lugar de bajar, justo lo contrario de lo que afirma la teoría ortodoxa. Hoy vemos la preferencia por la liquidez y ello explica la crisis financiera global de 2008, la carrera por el dinero en la era temprana del COVID, las dramáticas oscilaciones en los precios de las acciones conocidas como «flash crashes» y otras recientes caídas de los mercados.
Toda la historia depende de una incertidumbre irreductible sobre los acontecimientos futuros; en esta parte hay que explicar que es el “conocimiento incierto”, lo que no se limita simplemente a distinguir lo que se sabe con certeza de lo que es solo probable; el sentido en que debe usarse el término es aquel en el que la perspectiva de una guerra europea es incierta, o el precio del cobre y el tipo de interés dentro de veinte años, o la obsolescencia de una nueva invención. Sobre estos asuntos no existe ninguna base científica sobre la que formar ninguna probabilidad calculable.
En estos mercados pobres en información, los inversionistas, confían en la sabiduría convencional sobre los precios futuros. Cuando las convenciones se rompen, como es inevitable que ocurra periódicamente, hay una huida del compromiso y el dinero toma el control de la trama económica.
“El legado de Keynes nos llama a afrontar los peligros actuales buscando con valentía remedios para los males del capitalismo que preserven la eficiencia y libertad”
¿Habría dado Keynes al dinero un papel tan protagonista si no hubiera encontrado algo intrínsecamente inmoral en ello? Probablemente no. Hay una fuerte corriente moral y psicológica en la visión de Keynes sobre el dinero, en la que el amor al dinero, lejos de ser una respuesta racional a la incertidumbre, está motivado por la avaricia, el amor al poder y el amor al oro.
En el drama monetario de Keynes, el amor al dinero bombea sangre hacia economías preindustriales estáticas, el amor excesivo al dinero chupa la sangre de las modernas, lo que implica no una preferencia racional por liquidez, sino una morbilidad psicológica.
Keynes reconoció que en el pasado, «riesgos y peligros de todo tipo» pudieron haber jugado un papel importante en inducir a la gente a acaparar dinero, sin embargo, le desconcertaba la persistencia de esta tendencia en tiempos modernos, cuando las condiciones de vida son mucho más seguras, por lo que en lugar de ver el ahorro como una virtud, Keynes lo vio como un freno a la empresa.
Keynes veía la lucha por el poder entre acreedores y deudores como la trama económica de la historia, por lo que el objetivo de sus reformas económicas era así reducir el poder del acreedor sobre la vida económica. Estos planes reflejaban su visión de que el amor al dinero es una enfermedad del alma, pero también una feliz culpa, o «falta afortunada» porque impulsa el crecimiento económico que liberará a la humanidad del esfuerzo. Para agilizar esta libertad, los programas gubernamentales deberían aprovechar el deseo desmesurado de obtener riqueza para impulsar la inversión productiva.
¿Qué aspectos del legado de este pensador excepcional requieren nuestra atención hoy?
Nuestro autor sugiere tres aspectos:
Primero, un regreso a la cuestión del propósito del crecimiento económico. ¿Cuánto más crecimiento, y qué tipo de crecimiento, se necesitan para asegurar las condiciones materiales de una buena vida? ¿Qué sistema económico puede aportar mejor las condiciones necesarias?
El propósito inicial de la actividad económica es utilitario: ganarse la vida, pero, según Keynes, más allá de esto, la actividad económica es un medio para alcanzar el bienestar y no debe extenderse más allá de lo necesario para ese fin; esta filosofía puede ayudarnos a centrar nuestro debate sobre las profundas cuestiones éticas del futuro de la humanidad.
También puede fortalecernos para abordar la coexistencia de una acumulación inimaginable de riqueza con el estancamiento y el subempleo generalizados; estas condiciones refuerzan el argumento de Keynes a favor de la inversión pública, por lo que deberíamos desechar disparates tan de moda actualmente como la hipótesis del mercado eficiente.
En segundo lugar, un nuevo impulso para reactivar la circulación del dinero y liberar la riqueza acumulada, cabe recordar que el ataque original de Keynes al patrón oro se dirigía tanto a la escasez del metal como a la propensión de los países con superávit, como Estados Unidos a acumularlo. El objetivo de sus sucesivos planes de reforma monetaria global, incluida la Unión Internacional de Compensación, era lograr que Estados Unidos se deshiciera de sus reservas de oro y restablecer un comercio equilibrado, situación que hasta la fecha los radicales tanto de derecha como de izquierda no le perdonan al maestro, ya que con esta posición logró el centro.
El rechazo estadounidense a este enfoque dio lugar al sistema de Bretton Woods, centrado en el dólar y establecido en 1944, donde solo el dólar era convertible en oro; a partir de entonces, Estados Unidos comenzó a sufrir el problema del «rey Midas», ya que el dólar, la principal moneda de reserva mundial, se sobrevaloró progresivamente frente a las de sus principales competidores, más recientemente China.
Por lo tanto, era necesaria una depreciación del dólar para recuperar la capacidad manufacturera y exportadora de Estados Unidos; los aranceles del presidente Donald Trump pueden interpretarse como un intento burdo de lograr la necesaria realineación monetaria, pero a costa de una enorme perturbación del comercio y las finanzas.
Keynes buscaría un camino menos disruptivo hacia el balance comercial: El paso más importante sería sustituir la función de reserva del dólar por una nueva moneda internacional de reserva que él llamó el «bancor»; y mismo resultado podría lograrse mediante un aumento progresivo de los derechos especiales de dibujo de los miembros del FMI. Es importante señalar que los países denominados “BRICS”, ya exploran o incluso implementan medidas en este sentido con mucho éxito.
El exgobernador del banco central de China, Zhou Xiaochuan, revivió la idea del bancor de Keynes en 2009 como una forma de proporcionar la liquidez necesaria para expandir el comercio internacional; pero ese movimiento de reforma monetaria fue sofocado por Estados Unidos.
Tercero, enfrentar sin miedo tiempos peligrosos, en este aspecto del legado de Keynes nos llama a afrontar los peligros actuales buscando con valentía soluciones para los males del capitalismo que preserven la .eficiencia y la libertad
Hoy nos enfrentamos a preguntas similares a las de hace un siglo: ¿Presagia la creciente división del mundo en bloques hostiles una regresión a la barbarie? ¿Puede la democracia domar a la oligarquía financiera? ¿Puede abordar los conflictos raciales y culturales e invertir de una manera que contrarreste la creciente desigualdad dentro de los países y el calentamiento global? ¿O es inevitable un retroceso de la democracia, acompañado de violencia nacional e internacional?
En 1939, Keynes vio la guerra como el gran experimento para demostrar su caso y tenía razón, fue la Segunda Guerra Mundial, y no la Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero, la que propició el pleno empleo. Pero por muy tentador que sea eliminar la capacidad excedente mediante el gasto militar, las ideas de Keynes son independientes de cualquier propósito para el que puedan ser usadas.
Hoy por hoy, usar los medios excedentes de producción, en la lucha contra el hambre y la pobreza extrema, podrían ser la salida para lograr el pleno empleo tan deseado por Keynes, sin recurrir al gasto militar o improductivo, el problema es que esta opción no forma parte de las agendas de las elites políticas y financieras.
El colapso de la creencia en la posibilidad de un buen futuro ha contribuido a amplificar los problemas del mundo: económicos, geopolíticos y espirituales. La pregunta hoy es tan brutal como la que planteó Keynes en 1936: ¿Es necesario un apocalipsis para sacar a los políticos de sus estancamientos intelectuales, o puede un mejor análisis de nuestros problemas restaurar a la salud nuestra civilización enferma en condiciones de paz y libertad?
Preguntas muy fuertes, ¿usted qué opina? ¿rescatamos lo que resultó o seguimos con la inercia?



