LO QUE NO HACEN LOS BUENOS
Por:Efraín Delgadillo Mejía
Existe una tentación profundamente mexicana —y profundamente humana—, la de escuchar a Donald Trump como si fuera puro ruido: exageración, espectáculo, bravuconería electoral. En política internacional, sin embargo, el teatro rara vez es solo teatro. De vez en cuando es el manual de instrucciones. Y cuando el actor domina el escenario, es aconsejable dejar de mirar la gesticulación y empezar a descifrar la coreografía del poder.
No hace falta que Trump haga volar el T-MEC para doblegar a México. Con solo envolverlo en niebla le basta. Un tratado no necesita morir para dejar de ser operativo; basta con que parezca revocable, renegociable, condicionado. En el comercio mundial, la incertidumbre no es un accidente: es una herramienta de presión.
Un tratado firme atrae fábricas. Un tratado incierto atrae a los abogados, los seguros de riesgo y los planes B. Ese es el verdadero cambio de juego.
México llega a esta mesa con una paradoja incómoda: es el socio comercial número uno de Estados Unidos, pero depende de ese mercado como quien depende de un solo pulmón. No se trata solo de integración, sino de exposición. Y en geopolítica, la exposición sin control se transforma, ya sea pronto o después, en vulnerabilidad. Trump entiende algo que en México todavía se susurra más de lo que se admite: la incertidumbre también se hace pagar.
Cada amenaza al tratado congela decisiones, retrasa plantas, encarece los créditos y empuja capitales al país que parezca más previsible. No es necesario cerrar la puerta si basta con convencer a todos de que podría cerrarse mañana. Así es la presión comercial moderna: no siempre grita; a veces susurra en la hoja de cálculo de un inversor.
Sin embargo, el problema de México es más profundo que Trump. Ningún país puede defender su soberanía mercantil, al mismo tiempo que proyecta dudas acerca de su soberanía institucional. Hoy, la seguridad, el narcotráfico y la corrupción no son ya asuntos domésticos, contenidos en expedientes nacionales: entraron al centro de la conversación comercial. Cada sospecha de connivencia entre la política y el crimen organizado se convierte en munición diplomática.
Habría que decirlo, aunque sea incómodo: cada político que tenga pruebas serias de nexos criminales no es solo una mancha de reputación, sino que es un pasivo estratégico para México.
No se trata solamente de ética pública. Es fuerza nacional. Así, Morena enfrenta una prueba que ya rebasa la lógica partidista: investigar, separar y sancionar con rapidez, visibilidad y credibilidad. No para complacer a Trump, sino para quitarle pretextos. En una negociación dura, el pretexto ajeno casi siempre nace de una omisión propia.
La sociedad civil no puede seguir mirando desde la grada, ni comportarse como espectadora ilustrada. Tiene tres tareas urgentes: vigilar, presionar y participar. Vigilar al poder sin comprar simulaciones. Exigir que defender perfiles cuestionados tenga costo político. Participar en la construcción de una posición nacional que no dependa del humor de un líder externo ni de la conveniencia de un grupo interno. Porque un país dividido habla con la voz quebrada.
Para novedades, los clásicos: Dante, en La Divina Comedia, reservó una de sus condenas más duras para quienes nunca eligieron bando, para los neutrales de alma cómoda: «No hablemos más de ellos; míralos y pasa adelante». Es la condena de los indiferentes. Y también una advertencia para México: en tiempos de presión, la neutralidad no siempre es prudencia; muchas veces es una renuncia con buenos modales.
México enfrenta tres batallas simultáneas: reducir su dependencia económica, asegurar acceso real al mercado norteamericano y recuperar credibilidad institucional. Perder cualquiera debilita. Perder la tercera desarma. Se puede negociar desde la necesidad, pero no desde la sospecha.
El T-MEC no se defiende con discursos de plaza ni con comunicados patrióticos. Se defiende con Estado de derecho. México no puede sentarse frente a Trump con sospechas de narcopolítica en la maleta. Trump usa el T-MEC como palanca. México debe quitarle sus puntos de apoyo: dependencia excesiva, incertidumbre jurídica y políticos protegidos por el poder.
Lo más probable es que Estados Unidos no vaya a deshacerse del tratado de un día para otro. El peligro más profundo es que se acostumbre México a negociar desde la debilidad. Los países no pierden soberanía en un solo derrumbe. Ponen en cuotas y se la pierden. Una decisión detrás de otra. Silencio a silencio. Una concesión tras otra. Y cuando al fin quieren usarla, descubren que otro ya la ha descontado en la mesa.
México está en ese punto exacto: o limpia la casa antes de negociar, o llegará a la mesa con la soberanía hipotecada.


