LO QUE NO HACEN LOS BUENOS
Autor: Efraín Delgadillo
México no está todavía oficialmente en campaña. Pero eso, ya a estas alturas, parece lo de menos. Los políticos, como es habitual, se adelantan a los calendarios legales y ya hoy el país se mueve como si viviéramos en el 2027. Hay candidatos que todavía no se declaran como tales, campañas que todavía no son llamadas campañas y decisiones públicas que se entienden mejor mirando lo que se avecina, que lo que está ocurriendo ahora mismo.
El partido que domina hoy el sistema político, Morena, todavía no parece estar enfrentando a la oposición. En realidad, se enfrenta a algo más incómodo: los primeros signos de su propio desgaste. No porque esté cerca de perder el poder, sino porque empieza a aparecer un fenómeno que la historia política conoce bien: cuando un proyecto concentra demasiado poder, deja de mirar hacia afuera y comienza a pelearse por dentro.
Así suele comenzar, de verdad, una elección intermedia en México. No cuando se instalen las casillas ni cuando el INE mande a imprimir las boletas, sino antes: cuando el partido en el poder entiende, aunque no quiera decirlo en voz alta, que su mayor riesgo ya no está enfrente, sino en casa.
Las señales del camino hacia 2027 son ya bastante claras. Morena y sus aliados comienzan a perfilar nombres, al tiempo que diversos funcionarios se acomodan, se dejan ver o buscan abrirse camino a nuevos cargos. A su vez, el árbitro electoral ya ha encontrado actividad política anticipada. Y lo importante no es sólo si eso deriva o no en una irregularidad, sino lo que demuestra: el gobierno ya cohabita con la campaña. Y esa convivencia no es nunca neutra.
Si la política se adelanta al calendario, el presente pierde fuerza. Las decisiones dejan de obedecer a la administración cotidiana y empiezan a obedecer al cálculo. Lo público deviene estratégico y cuando todo deviene estrategia, deviene también más frágil.
Morena, además, está viviendo una transición más profunda. Era un movimiento de ruptura, con la promesa de arreglar un sistema que decía estar quemado. Pero ahora, ya en el poder, se enfrenta a tensiones muy parecidas a las de aquellos a quienes criticó: reparto de posiciones, control territorial, negociación de intereses y administración de lealtades.
No es forzosamente una traición. Es otra cosa más compleja y, quizás, más difícil de evitar: la lógica del poder.
Para novedades los clásicos. Nadie mejor que Maquiavelo: el poder no se sostiene solamente por lo que promete sino por la manera en que se organiza. En ese terreno Morena tiene su prueba más seria: manejar su propio tamaño sin quedar atrapado por él.
Las candidaturas, que pronto van a ocupar gran parte de la conversación pública, no son simples decisiones internas. Son definiciones de poder hacia delante. Y cada definición deja algo en el tintero: un grupo molesto, un aliado incómodo o un liderazgo desplazado. Lo que hoy parece orden muchas veces es apenas contención. Pero detener un conflicto no es resolverlo. Es aplazarlo.
A eso se añade una constante que ningún partido en el poder debería olvidar. En México, los comicios intermedios no suelen servir para ratificar al gobierno; más bien para corregirlo. La presidencial genera expectativa; la intermedia evalúa experiencia. En una se vota por lo que se promete, en la otra por lo que la gente ya vivió.
Y entre una cosa y otra, siempre hay desgaste. Por eso ningún presidente desde Carlos Salinas de Gortari ha podido ganara las elecciones intermedias.
Nuevamente los cásicos. Diógenes, con ese escepticismo incómodo que incomoda aún hoy, dejó una advertencia que sigue vigente: “El elogio corrompe tanto como la crítica, pues unos y otros pueden hacerte olvidar quién eres.” En política esas palabras tienen un peso especial. El problema no es sólo la crítica que incomoda, sino el aplauso que adormece. Si un partido se rodea sólo de confirmaciones pierde la capacidad de corregirse. Y cuando deja de justificarse, empieza a justificarlo todo. Como la corrupción, la delincuencia y el abuso del poder.
Ahí empieza el verdadero deterioro. Morena no requiere de una oposición fuerte para comenzar a resentir ese desgaste. Le basta con acumular tensiones internas, contradicciones en el discurso y decisiones mal resueltas. El deterioro casi nunca es brusco. Avanza por niveles. Y cuando esas capas se encuentran, forman algo que es más difícil de deshacer: una atmósfera.
Y en política la atmósfera decide las elecciones. Morena sigue contando con ventajas evidentes: control del Ejecutivo, presencia territorial sólida y oposición todavía desarticulada. Pero ninguna ventaja dura para siempre. Todas dependen de algo mucho más frágil: de la capacidad de adaptarse antes de que el desgaste se haga visible.
El peligro, entonces, no es sólo perder el 2027. Es más complejo: ganar con menor cohesión, con alianzas más tensas y con una narrativa menos convincente. Hay triunfos que afianzan proyectos. Y hay otras que solo los sostienen de pie, mientras desde adentro se van desgastando.
El poder no sólo se pierde el día de la elección. Se empieza a perder antes: cuando deja de escucharse, cuando la crítica se convierte en una molestia, cuando la lealtad sustituye la deliberación y cuando corregir se aplaza porque no parece urgente todavía.
Las elecciones intermedias no castigan la debilidad. Sancionan las confianzas excesivas. Y la historia política mexicana lo ha demostrado más de una vez: cuando el poder se siente inevitable, deja de autocorregirse; cuando deja de autocorregirse, deja de escuchar; y cuando deja de escuchar, empieza a caer.
Morena resultará ganadora en 2027. De eso no hay duda. Otra cosa es lo que está en duda -y es lo que importa realmente-: si lo puede hacer sin perderse a sí mismo por el camino. Por eso el llamado no debe ser menor. No solo para Morena, sino para todo el sistema político: recuperar la autocrítica antes de que el desgaste sea irreversible. Enmendarlo antes de que la realidad nos obligue a hacerlo. Comprender que la democracia no se basa solo en las victorias, sino en límites efectivos.
Pues cuando el poder deja de limitarse, no se fortalece. Se hunde. Y cuando por fin se da cuenta, por lo general ya es demasiado tarde.


