Lo Que No Hacen Los Buenos
Efraín Delgadillo Mejía
Cuando un gobierno no logra cambiar la realidad, suele intentar algo más sencillo: cambiar la atención.
Un país no se gobierna con pantallas gigantes. Tampoco con himnos, escenarios o multitudes convocadas para celebrar.
En México, sin embargo, el poder ha aprendido a cubrir sus silencios con espectáculo: donde faltan respuestas, ofrece imágenes; donde se exige justicia, organiza ceremonias; donde debería haber Estado, instala una tarima.
La política se parece cada vez más a una producción audiovisual: música épica, aplauso dirigido y una cámara que evita enfocar lo que duele.
El Mundial ofrece una escena irresistible: plazas llenas, orgullo nacional y visibilidad internacional. Pero la pregunta no es si México debe celebrar. La pregunta es qué se oculta cuando la celebración ocupa el lugar de la política.
Celebrar no es el problema. Usar la celebración como anestesia sí.
Las sociedades necesitan alegría, pertenencia y rituales comunes.
El riesgo aparece cuando la fiesta deja de acompañar la vida pública y empieza a sustituirla.
El espectáculo no necesita censurar. Le basta con saturar. No prohíbe hablar de inseguridad, desapariciones o desigualdad; simplemente les baja el volumen. No borra la realidad: la deja fuera de cuadro.
México enfrenta problemas que no se resuelven con imágenes. La inseguridad, las desapariciones, la desigualdad y la desconfianza institucional no desaparecen bajo una pantalla gigante. Se puede apagar la cámara; no se apaga la deuda.
La política del espectáculo no busca ciudadanos: busca espectadores. Y un espectador aplaude; un ciudadano pregunta.
El orgullo nacional no debe funcionar como anestesia. La emoción pública no sustituye a la rendición de cuentas.
El Mundial puede ser celebración, vitrina o coartada.
La diferencia estará en lo que deje después: infraestructura o fotografías, servicios o discursos, ciudad o escenografía. El problema no es el gol: es usar el gol para tapar el grito.
La vara debe ser clara: no cuántos turistas llegaron, sino qué quedó para quienes no se van.
Una banqueta reparada solo para la cámara es maquillaje urbano. Un transporte que conecta colonias, trabajadores y estudiantes es política pública. Primero la gente; luego la postal.
Primero Estado, después estadio. Primero agua, transporte y seguridad; después escenarios.
Un legado verdadero no se anuncia: se usa. Se mide en rutas que siguen funcionando, calles iluminadas cuando ya no hay cámaras y servicios que no dependen del calendario deportivo. Lo demás es utilería con presupuesto.
La fiesta no investiga desapariciones. No reconstruye policías. No fortalece fiscalías ni tribunales.
Puede acompañar a un país; no puede reemplazarlo. La escenografía se desmonta. La política pública permanece.
La fiesta puede llenar una plaza; solo el Estado puede sostener un país.
México tiene derecho a celebrar. Pero ningún gobierno debería pedir que la celebración sea confundida con gobierno.
Al final, México no se juega solo en los estadios ni en las pantallas
gigantes. Se juega al día siguiente, cuando la plaza queda vacía; cuando una madre vuelve a buscar; cuando un vecino vuelve a exigir agua.
Porque cuando se apagan las luces, lo único que queda a prueba no es el espectáculo: es el Estado.
Y sí: también quiero que gane México.


